La lluvia
Pasado el chaparrón de información rosa y monárquica sobre la hermana de Letizia, la propia Letizia y demás problemas monárquicos para cebar a los programas del corazón, me quedo con una frase que nada tiene que ver con el suicidio de Érika. A mí, que soy republicana desde hace años aunque no tenga todavía muchos, toda esa parafernalia me la trae floja, pero me llamó la atención que uno de los periodistas comentara que los acontecimientos de la vida de la princess habían estado marcados por la lluvia: su boda, el nacimiento de su hija y, ahora, la muerte de su hermana. La lluvia. Cae aquí a golpes, choca contra los cristales y las gotas se abrazan una a otra como negándose a caer en el alféizar de la ventana para terminar así su frágil vida de cristal. La lluvia me ha acompañado desde siempre, desde que era niña y me gustaba pisar los charcos, desde que tuve gafas y me obligaba a cubrirme con un paraguas aunque mi deseo fuera llevar la cabeza descubierta, porque o los cristales se me empañaban a cada segundo o tenía que caminar por la calle con siete dioptrías y mirada boba. La lluvia es el recuerdo de correr por Santiago con las amigas el primer año de carrera y la lluvia que caía sobre la terraza cubierta del segundo, cuando vivía sola y las gotas marcaban el compás de cada línea estudiada. La lluvia es la misma que por las noches quieres sentir cuando estás acurrucada en cama. Sueño que un día alguien, antes de que me vaya de Santiago, me besará de noche frente al Obradoiro, empapados en esa misma lluvia.
