Nobody is changing and I don´t feel the same (o cómo cambiar la letra de una canción para adecuarla a mi realidad)

Así que tengo compañeros que ya dan su vida por cerrada, que son un libro con punto y final, que tienen su trabajo recientemente adquirido y ya sentido como propio (no me lo quites, por Dios), que piensan en comprarse un coche o un piso, que han vivido con novio desde tiempos inmemoriales. Y el caso es que me miran con ojos extraños cuando digo que todavía no quiero asentarme, que quiero viajar antes de tener cargas sobre mis espaldas, que aún no tengo el prólogo para mi vida porque, qué quieres, siempre fui rarita y no me fueron los convencionalismos. Y quiero volver a ver el trasiego de Oxford Street, y caminar más veces por las arenas de Brighton, y saber si la ciudad vieja de Lisboa me gusta más que la última vez, y descubrir amaneceres en Siria, en Nueva York, en Australia, ¿por qué no? El otro día tuve una discusión con I. sobre las ansias de cambio. Y él, el que se ha liado la manta a la cabeza y me impulsa a que yo lo haga también, me dijo que hay gente que es feliz viendo crecer todos los días la misma flor. Los envidio, sinceramente. El inconformismo puede llevarte a no pertenecer a ningún lado, a perseguir siempre imposibles, a no poder ser nunca feliz. Pero es una llanura ante nuestros ojos, no las montañas cerradas que no dejan volar la vista y la imaginación. Por eso siempre me han gustado los campos de trigo de Castilla, aunque E., que es de Valladolid, me diga que estoy loca por preferirlas a los prados verdes de Galicia. Porque allí tienes todo el mundo para ti, y ¿quién te para entre espigas que se extienden hasta el infinito?






