Son esos momentos, supongo, los que valen toda una vida. Aquellos en los que no necesitas grandes acontecimientos porque con la sencillez de algo pequeño puedes ser feliz. Intento que mi futuro se vaya despejando a golpe de click y búsqueda de trabajo en Internet y a veces hasta intuyo que lo consigo, aunque sea frágil como un ala de mariposa.
El cambio volverá en septiembre, cuando se abrirán nuevos horizontes. Hasta entonces, quizás un viaje en interrail con K., cientos de conversaciones con ella al otro lado del teléfono, la pasión de un beso fugaz de una noche en el que, precisamente por ser tan efímero, se pone todo el empeño. He aprendido a ser menos ambiciosa cuando se trata de conseguir ser feliz. Ahora no necesito los grandes hechos de antaño. Quiero saber cómo olvidar lo que me hace daño a golpe de vivir lo bueno. ¿Cuánto durará? No lo sé. Sigo siendo frágil, pero intento orientar la sensibilidad dañina que me ha acompañado hacia el buen sentir.
Creo que es un pensamiento tan válido como cualquier otro. Es más, yo diría que hasta sabio. Si se puede ser sabia con 23 años, que lo dudo…