Nos robaron la ilusión
No sabes muy bien cuándo es el momento en el que todos los días comienzan a parecer iguales y lo que antes te impulsaba a girar la cabeza ahora te provoca un sonoro bostezo. RUTINA. Odio esa palabra y lo que significa, las implicaciones que conlleva, la visión acomodaticia que supone. Quiero tirarme de los pelos-ahora que casi tengo melena, porque hace unos meses habría sido imposible- cuando veo a los compañeros de facultad desesperados por conseguir prácticas de 400 euros en trabajos alienantes. Vaya por delante que yo hice lo mismo el año pasado, que he trabajado muchas veces sin cobrar un duro, y que no me importó. El problema no es currar ocho horas diarias cuando te tocarían cinco. El problema es que levantarse cada mañana sea un suplicio porque lo que te encuentras al otro lado de la redacción no es el currito arriesgado que intuías sino el Corto y Pego o la rueda de prensa de turno. Tengo la cabeza a cien de supuestas explicaciones sobre el origen de la crisis del periodismo, y creo que el verano pasado y durante éste he dado con ella: nos han robado la ilusión. Sí, se la llevaron con cada frase creativa tachada en el reportaje de turno, con cada idea con la que querías cambiar el mundo-mucho o poco, eso era lo de menos-que no fue tenida en cuenta, con cada mirada aguda que se perdió entre el teclear de la hora de cierre. Con cada idea tirada al aire que nadie recogió y que se quedó muerta en la sala de redacción.









