Dime, ¿y cuándo es el momento en el que se deja de querer? Algo así decía una canción que escuché ayer y para la que no tengo respuesta. Supongo que es una especie de click mental, algo como una vaharada, un soplo de aire que te roza la cara y te dice “niña, ya has hecho bastante el tonto con X persona”. Me hablabas hace unos días por ese canal tan frío que es el Messenger de la amistad, de que no deberíamos perderla, de que dependía de mí que siguiéramos siendo amigos o no. Y no te lo dije tan claramente, pero estoy cansada de ser yo la que tira, la que manda mensajes, mails, la que se preocupa para que luego seas tú el que diga que te da pena que nada sea como antes. Pues la verdad es que nada es como antes porque todo ha cambiado, porque las circunstancias no son las mismas y porque es inútil remar contracorriente, confiando en quien no lo merece, porque las olas te acabarán arrastrando y serás, al final, un juguete roto en la orilla. En los buenos tiempos, bromeaba contigo diciéndote que yo nunca me rindo. La verdad es que debería haberlo matizado: nunca me rindo para las cosas que me importan, para eso soy tan tozuda que hasta termino por recriminarme a mí misma. Pero para las cosas que han perdido trascendencia y sólo ocupan un minuto de mi tiempo cuando antes podía pasarme horas y horas reflexionando sobre ellas, para eso aparezco desarmada y no me enfrento en ninguna batalla. Sencillamente, pierdo, sin que me quede el regusto amargo de la derrota porque nada me iba en ese combate. No entiendo tus pataletas y tus supuestos conflictos mentales en los que al parecer tanto sufres. No entiendo que me vengas con un discurso gastado y desprovisto de significado y sentido para mí por la fuerza de los hechos. Tendrías que acostumbrarte a que has dejado de ser importante para mí. Y a que la gente que no es importante para mí no puedo tratarla como a los que han estado ahí desde un principio y no han flaqueado cuando yo lo hacía. Cuando te dije que me había equivocado por confiar en alguien que no merecía esa confianza-quizás me pasé de sincera, qué se le va hacer…-volviste a adoptar la actitud doliente del eterno sufridor. Lo siento, esta batalla ya no es la mía. Me equivoqué en confiar en ti y no pienso tropezar dos veces en la misma piedra. Alguien me escribía hace semanas en este blog, cuando aún me importabas, y mucho, la letra de una canción de Los Secretos que debería haberte grabado en un disco para que la rebobines una y otra vez y comprendas el mensaje: “Déjame, ya no tiene sentido, es mejor, que sigas tu camino, que yo el mío seguiré, por eso ahora déjame”.
