Resignación
Es una palabra que odio, con la que no puedo despertarme cada mañana, que se supone que tiene que ir perlando tu boca conforme te haces mayor pero que detesto porque resume todo aquello que no quiero ser. Resignación en la misa olvidada en mi cabeza desde que hace que no piso la iglesia, resignación cuando te hacen daño y tú, aparentemente, no puedes responder, resignación frente a tu futuro porque, ¿qué se le va a hacer? Lo más fácil es tomar ese camino, pensar que no hay nada que se puede cambiar, mirar adelante con esa tranquilidad estúpida que da la resignación. Hace unos días hablaba con una compañera de un trabajo que no le interesa, pero que tenía pensado aceptar igual porque ¿qué otra cosa vas a hacer? Y reconozco que yo también me he dejado llevar por esa misma resignación durante las dos semanas que he currado en esa redacción a la que ya no pertenezco, aunque la decisión de dejarla no haya sido mía, en última instancia, y por eso me haya dolido. Supongo que la resignación es un arma cuando tememos lo que nos viene encima o cuando no tenemos más alternativas, pero sigo sin poder desayunarme con ella. Lo siento, mamá, ya sé que tengo que ser más paciente.






