-Prometo que no volveré a aguantar que nadie haga ni una mínima crítica a mi acento ni a mi idioma
-Prometo que no aguantaré más conversaciones insulsas por el mero hecho de parecer políticamente correcta, educada o llámale equis
-Prometo que me importará menos de lo que lo hacen los comentarios estúpidos de quienes, al fin y al cabo, me importan tan poco
-Prometo que sabré apreciar en su justa medida a los que verdaderamente son amigos, al tiempo que extenderé mi indiferencia hacia aquellos que la vida ha puesto en mi camino pero que nunca llegarán a serlo
-Prometo que dejaré de parecer agradable, mona o cuando menos simpática ante los que no pueden entenderlo
-Prometo que no ocuparán ni un segundo de mi tiempo las charlas insidiosas, insustanciales, que no me hacen sonreir ni me aportan lo más mínimo
-Prometo que tendré respuesta para quien mencione mis libros, mi sensibilidad, todo aquello que me hace ser como soy
-Prometo que seguiré siendo como soy, porque al fin y al cabo me hicieron así, ¿qué voy a hacer para evitarlo? Y además, quiero ser lo que soy y no lo que otros pretendan que sea. Siento deciros que la ley del rebaño no va conmigo.
Y sí, D., concuerdo contigo en que el mayor placer de una persona inteligente es aparentar ser idiota delante de un idiota que aparenta ser inteligente. Es más, lo compruebo todos los días.